Las telepantallas: la materialización del panóptico

Una figura que me resulta muy interesante – y perturbadora a la vez – es la del panóptico. Michel Foucault (quien, curiosamente, falleció en 1984) le dedica un apartado entero en su libro Vigilar y castigar (1975). El Panóptico de Bentham es una figura arquitectónica que permite observar a los prisioneros de una determinada institución sin que estos se enteren si están siendo vigilados o no. En palabras de Foucault, el mayor efecto del Panóptico es “inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder. Hacer que la vigilancia sea permanente en sus efectos, incluso si es discontinua en su acción” (p. 233).

Modelo de panóptico

En 1984, existe algo conocido como “telepantallas” que, dicho de manera resumida, son dispositivos que transmiten video y sonido en ambas direcciones: reproducen el contenido que el Partido desea mostrar, y también hacen las veces de cámaras de seguridad; se utilizan para vigilar el comportamiento de los ciudadanos. Los miembros del Partido, obligatoriamente, deben tener telepantallas en sus hogares. Solamente los miembros del Partido interior pueden apagarlas, y por muy poco tiempo.

Recordemos que los miembros del Partido Interior son el estrato social más alto dentro de la jerarquía del Socing. Ellos tienen privilegios por sobre los demás niveles.

Winston, en 1984, explica que:

 “[…] era imposible saber si te estaban observando o no en un momento dado. […] Incluso era concebible que vigilaran a la vez a todo el mundo. Pero en cualquier caso podían conectarse contigo cuando quisieran. Tenías que vivir – y la costumbre acababa por convertirlo en instinto – dando por sentado que escuchaban hasta el último sonido que hacías y que, excepto en la oscuridad, observaban todos tus movimientos”. (p. 10, 11)

A causa de las telepantallas, aún en la soledad del hogar, los miembros del Partido nunca saben cuándo están siendo observados, por lo que asumen que siempre lo están. Además, estos dispositivos están por todos lados, como en los lugares de trabajo y los bares. Eso lleva a que los ciudadanos se autocontrolen, se auto-disciplinen.

Como en muchos otros casos, la realidad termina superando a la ficción. Pensemos que 1984 fue publicado en 1949. Los medios que en ese momento existían para vigilar y castigar a la población, palidecen ante el potencial que hoy los avances tecnológicos ofrecen. Sin caer en la “conspiranoia”, casi todos tenemos celulares que llevamos con nosotros a donde sea que vayamos. Estos dispositivos están equipados con cámaras, micrófonos, conexión a Internet y GPS; el combo perfecto para vigilarnos. Por otro lado, numerosas ciudades cuentan con sistemas de monitoreo por cámara, y algunas de ellas ya están comenzando a implementar inteligencia artificial en los sistemas de vigilancia. De esta manera, puesto que ya no será necesario que un humano mire en tiempo real una cámara, el control será constante.

Quisiera aclarar que la tecnología nunca es el problema, es una herramienta, es neutral. El problema está en el uso que se le decida dar. Creo que 1984 es un buen punto de partida para comenzar a cuestionar ciertas situaciones de nuestra vida cotidiana, y para plantearnos hacia dónde queremos (o no) dirigirnos como sociedad.


Bibliografía

Foucault, M., & Camino, A. G. D. (2008). Vigilar y castigar. Siglo Veintiuno.

Orwell, George. (2020). 1984 (M. Temprano García, Trad.). Debolsillo. (Obra original publicada en 1949)

Vincent, J. (2018, 23 enero). Artificial intelligence is going to supercharge surveillance. The Verge. https://www.theverge.com/2018/1/23/16907238/artificial-intelligence-surveillance-cameras-security

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